por Carlos Fernández Llaneza
En 2021, en estas páginas de La Nueva España, me hacía esta misma pregunta. Hipotetizaba entonces posibles respuestas bastante obvias pero, aventuraba para mí, que bien podría tratarse de nuestra segunda “arca santa”. Pero un arca, en este caso, que no custodia reliquia alguna en competencia con la catedralicia. Alberga memoria ovetense centenaria. Recuerdos. Sueños. Cientos de miles de imágenes de nosotros mismos, uno a uno, y como colectivo. Atesora vida. Mucha vida. Porque los que hemos crecido a la sombra de los árboles franciscanos sentimos que formamos parte del Campo y que el Campo conforma una parte de nuestro propio ser. Las reliquias que atesora este arca son trazos de vida cotidiana. De este arca verde no emanan rayos cegadores. Brotan imágenes de paseos calmos y serenos, unos de la manos de nuestros padres, otros… De inocentes y sencillos juegos de sol a sol. De la Fuente de las Ranas, de la Fuentona, de la del Caracol que saciaba la sed propiciada por las saladas pipas de la Chucha. Del Paseo del Bombé con sus castañas de indias, armas arrojadizas en batallas otoñales. De los columpios. De Petra. De los barquilleros cargando con sus rojos tambores. De presuntuosos pavos reales. De cisnes que nunca fueron ‘patito feo’. Del arco de San Isidoro, que este año cumple su primer centenario en el Campo y clama a gritos por una merecida restauración. De oscuridades cómplices. De degustar bollos balesquidos o mateínos sentados en un bordillo. De un auténtico oasis en el desierto de la cotidianidad urbana. De esencia ovetense. Eso podría ser para cualquier carbayón. Un auténtico símbolo. Un elemento identitario como pocos. Por tanto, me duele parte de su presente. Me duele ver como el razonable uso que durante siglos le hemos dado, se torna, desde que Canteli es alcalde, en un abuso. Un abuso que lo convierte, de facto, en un recinto ferial en cada fiesta. Me duele escuchar al alcalde que a él nadie le puede prohibir hacer nada en el Campo. Sí. Pueden. Y lo han hecho. Como Jardín Histórico que es, está protegido por la Ley de Patrimonio. Y Patrimonio lleva años advirtiendo de necesarios cuidados. En enero emitieron un informe en el que establecían plazos para una serie de mejoras. Plazos que el equipo de gobierno ha obviado por completo. Así que en junio se abre un expediente. El Ayuntamiento debería de ser ejemplo ante la ciudadanía en el cumplimiento de la ley. Pero tal parece que se halle en rebeldía; ha hecho caso omiso durante meses a los requerimientos de la Consejería de Cultura. Señor Canteli, no mire más para otro lado. Cumpla con los requerimientos. Ponga en marcha de una vez el Plan Director ajustado a las advertencias que Patrimonio le hizo al avance presentado en 2021. Y deje de abusar de este corazón verde de Oviedo. No se trata de que el eficaz servicio de parques repare algo que se pueda estropear, que se estropeará si siguen entrando camiones de gran tonelaje; se trata de que no se deteriore. Y tampoco nadie sugiere prohibir su uso. Se trata de disfrutarlo como venimos haciendo desde hace siglos. Muchos pretendemos que siga siendo, como lo definió Juan Antonio Cabezas, “jardín bosque, justo orgullo de los ovetenses”. Pues bien, superados los ecos de nuestro Martes de Campo, me parece pertinente volver a reflexionar, juntos, sobre qué es y qué significa el Campo.
Me viene a la memoria una anécdota acaecida durante la alcaldía de José María Fernández Ladreda (Noviembre 1924-octubre 1926). Parece que mantenía serias discrepancias con el propietario del Cine Fandiño que, como algunos de ustedes sabrán, se encontraba en el espacio que actualmente ocupa el monumento a Tartiere; pues bien, harto de las ambiciones del señor Fandiño, clamó una frase lapidaria que merece la pena recordar: “¡Fuera trastos! ¡El Campo es el Campo!”. Pues eso.
