Juan Álvarez Areces

Oviedo ya demostró que puede reinventarse. Lo hizo al eliminar el tráfico del casco Antiguo, convertir calles en peatonales, recuperar el espacio público y aumentar mucho las zonas verdes, mejorando la calidad del aire, la vida y el comercio. No fue fácil: hubo protestas y titulares catastrofistas, quienes fueron sus más feroces críticos –el PP– luego adoptaron y expandieron el modelo. Pero el tiempo dio la razón a quienes apostaron por una ciudad más amable.

Hoy enfrentamos otra oportunidad: la Zona de Bajas Emisiones (ZBE). Pero el equipo de gobierno ha optado por volar como una gallina cuando se hubiera necesitado despegar como un halcón. Pone el listón bajo, solo para no arriesgar fondos europeos. Irónicamente, esa falta de ambición es la que puede ponerlos en peligro.

La propuesta actual se articula en dos anillos concéntricos. El interior, que abarca el Campo San Francisco y El Antiguo, prohibirá la circulación de vehículos sin distintivo ambiental desde el 31 de diciembre. Un detalle: la mayoría de esas calles ya son peatonales o de acceso restringido, por lo que el impacto real será ínfimo.

El anillo exterior, delimitado por las rondas, no se aplicará hasta el 1 de enero de 2028. Es decir, durante tres años no habrá ninguna reducción de emisiones… ¡en plena emergencia climática!

Los datos son claros: en Oviedo se emiten unas 65.000 toneladas de CO2 anuales ligadas al tráfico, 2.100 dentro de la ZBE. Con la propuesta del PP, la reducción sería de apenas 71 toneladas, un 3,29%. Con nuestras enmiendas –limitar el acceso de vehículos con distintivo B en 2026 (anillo interior) y en 2028 (anillo exterior)– la reducción podría llegar al 20,65%. Es la diferencia entre un gesto simbólico y una política eficaz.

Otras dos actuaciones significativas son la ampliación del parking de La Escandalera y la construcción de otro en El Campillín. Dos imanes para atraer más coches al corazón de la ciudad, justo lo contrario de lo que persigue una ZBE.

Las encuestas del Plan de Movilidad Urbana Sostenible (PMUS) desmontan la idea de que la ciudadanía rechaza las medidas ambiciosas: la mayoría valoraba positivamente las peatonalizaciones y la ZBE, especialmente las mujeres, por su impacto en seguridad, salud y calidad de vida. El problema no está en la gente, sino en que el equipo de gobierno va por detrás.

Una ZBE no puede limitarse a trazar fronteras en un mapa. Debe acompañarse de un plan serio: reforzar el transporte público, electrificación e infraestructuras para peatones y ciclistas. Debe evitar que la contaminación expulsada del centro se concentre en barrios como los del este, que ya soportan las peores cifras de calidad del aire. La movilidad sostenible no puede ser un privilegio; debe ser un derecho de toda la ciudadanía.

Todo esto requiere un PMUS sólido, implantado y con viabilidad presupuestaria. Sin embargo, el informe de la Oficina Presupuestaria municipal advierte que el PMUS podría comprometer la estabilidad financiera. Si se traduce en recortes, la ZBE quedará en papel mojado.

Mientras otras ciudades aprovechan la ZBE para transformar su movilidad, Oviedo se conforma con una versión tibia e inútil para cumplir objetivos ambientales y de salud pública. Como en El Gatopardo, «si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Aquí ni siquiera se intenta cambiar: se hace creer que todo cambia.

Oviedo merece más: una ZBE ambiciosa, con un calendario acorde a la urgencia climática, que reduzca emisiones, reparta beneficios ambientales de forma justa, recupere espacio para las personas y apueste por un transporte público moderno y eficiente. No se trata solo de cumplir con Bruselas ni de poner señales: se trata de decidir qué ciudad queremos ser.

La decisión es nuestra. Y el tiempo, esta vez, no está de nuestro lado. Si rectifican y deciden ir en serio, tendrán nuestro apoyo.