• El portavoz socialista, Carlos Fernández Llaneza, nació en un piso del número 3 de la calle Víctor Hevia y se crio en un barrio «del que no necesitabas salir para nada»

Era un crío inquieto, el cuarto de cuatro hermanos que descubrió el mundo en Vallobín. «Allí lo teníamos todo, el hogar en el sentido más amplio de la palabra; tenías los amigos, no necesitabas salir del barrio para nada». Aquel niño descubrió en aquellas «calles de barro en invierno y de polvo en verano», seguramente sin saberlo, una inquietud social, antes de la mano de su padre, el primer alcalde socialista del barrio, y luego con la comunidad juvenil San Pedro de los Arcos, que le ha llevado a su singladura actual de concejal y portavoz en el Ayuntamiento de Oviedo.

«Cada vez entiendo más esa frase de Rilke de que verdadera patria del hombre es la infancia», admite Carlos Fernández Llaneza (1963), al que nacieron en casa de sus padres, «cuando ya empezaba a ser algo raro, en el número 3 de Víctor Hevia, con mi madre asistida por una matrona». Un hijo, asegura, «inesperado, nadie contaba conmigo», que encontró en «el Vallobín» la Arcadia feliz de la niñez, unos primeros años «tremendamente intensos» que, confiesa, «me proporcionaron unos anclajes a través de la familia, de los amigos, del entorno».

En aquel barrio todavía más rural que urbano, a caballo entre los años sesenta y los setenta, «pastaban las vacas de Violeta, la gente bajaba a varear los colchones de lana al prau y teníamos allí las clases de ciencias naturales, no te hacía falta ir al laboratorio del colegio porque delante de casa estaba lleno de grillos, salamandras, ranas, sapos, tritones, gatos, ratones, había todo tipo de fauna y flora. Y muy cerca el Naranco, subiendo por el Pozobal, que era la ladera que se suavizaba en el propio Vallobín», relata Carlos Fernández. «Mi tía vivía en Los Casones, cerca de Monte Alto, en el último tramo de Vázquez de Mella. Íbamos a por la leche, no había nada de luz y por la noche pasabas miedo, así que las más de las veces volvías corriendo como alma que lleva el diablu», recuerda Llaneza, uno de los manifestantes que, vela en mano, gritaba aquella consigna de «vosotros, mirones, bajai de los balcones», para reivindicar alumbrado en condiciones en el Vallobín de 1975 y 1976. La protesta dio resultados más que evidentes. «Fue un auténtico shock aquello de la iluminación, de repente entraba la luz en casa que era tremendo», afirma de un tiempo cuando los escenarios de los juegos eran los solares en obras, donde los socavones se

convertían en piscinas improvisadas y una huelga de larga duración en la construcción era el aliado perfecto para hacer las primeras prácticas en grúas y dumpers. Otro clásico de aquella época entre la chavalería del Vallobín era el

temor que inspiraban los dóberman que custodiaban la finca de Don Julián en Monte Alto, muchos años antes de que la extensión de más de 20 hectáreas pasara a ser de propiedad municipal para albergar el parque Pura Tomás.

La generación de Carlos Fernández Llaneza asistió a la mutación de una forma de vivir el barrio, a otra muy distinta. «Tuvimos la suerte o la pena, no sé, de ver la gran transformación sociológica y geográfica del mundo ru

«Tuvimos la suerte o la pena, no sé, de vivir de niños la transformación del mundo rural al urbano en nuestro propio barrio»

ral al urbano. De un barrio donde nos conocíamos todos, a otro donde no sabes casi quién es el vecino de al lado. Es algo muy distinto».

«Todo cambia»

Como en la canción de Mercedes Sosa «todo cambia». El Vallobín autosuficiente con bares como La Herradura, La Cueva, el Narcea, el Nalón, Los Charros, el Trubia, el Llanera tiendas como las de Teresa o Agustina, la ferretería de Jamín, la librería de Pérez, «donde comprábamos los pizarrines, las pizarras, libretas o bolígrafos», pescaderías, carnicerías, tintorería, hasta churrería y escuelas como la de Doña Joaquina, Edita o el Colegio García ha dado paso a un barrio repleto de bajos comerciales vacíos.

Artículo publicado en La Nueva España el 19 de Octubre 2025