Carlos Fernández Llaneza
El próximo 10 de septiembre se cumplirá un siglo desde que la Comisión Permanente del Ayuntamiento de Oviedo aprobase la instalación en el Campo San Francisco del arco de la portada de San Isidoro, último vestigio de la antigua iglesia sita en la Plaza del Paraguas derribada en 1922. Había sido abandonada en 1770, año en el que la parroquia se había trasladado a su actual emplazamiento, la antigua iglesia jesuita de San Matías. El arco sobreviviente es uno de los tres pórticos románicos de la ciudad junto con el de la Cámara Santa y el de Santa María de La Vega. Encomendado el traslado y restauración a Víctor Hevia, desde entonces, la vetusta portada, ha sido testigo del día a día ovetense. Inmortalizado en muchas viejas fotos en blanco y negro, escenas congeladas de un instante de infancia lejana. Testigo doloroso de sucesos cruentos en años de confrontación civil. Elemento totémico de ese Oviedo esencial que lucha por pervivir en medio de la cotidianidad que, a veces, olvida su propio pasado y de la desatención municipal que no actúa como debería en su preservación. Permítanme hacer un poco de memoria reciente.
Agosto de 2021. La Comisión Permanente del Consejo de Patrimonio Cultural de Asturias, al analizar el avance del hoy postergado Plan Director del Campo San Francisco, alerta ya del deterioro de la arcada y urge su limpieza. Tres años después, en febrero de 2024, reitera la necesidad de consolidar el pórtico para recuperar su estado con «respeto y meticulosidad» y, además, informa al Ayuntamiento de la inminente convocatoria de unas ayudas regionales que podrían costear los trabajos. Nada se hizo. Ni siquiera cuando un año después y ante el evidente deterioro del Campo San Francisco, vuelve Patrimonio a recordar que el parque es un Jardín Histórico sujeto al régimen de protección de la Ley de Patrimonio Cultural de Asturias.
Me detengo en este informe de enero de 2025 porque en él se enumeran los daños al Campo San Francisco que ha causado su uso abusivo como recinto ferial en los últimos años y que tantas veces hemos denunciado. Patrimonio destaca el destrozo del mosaico del Paseo de los Álamos, las roturas de elementos decorativos como jarrones, remates de los bancos corridos o el pavimento. Del estado de la portada de San Isidoro señala que «ha empeorado habiéndose identi
ficado junto a la misma, restos de desprendimientos de piedra, así como la presencia de pátina biológica, vegetación y basura sobre la misma debido a la falta de mantenimiento».
El requerimiento ponía plazos y deberes al Ayuntamiento. Por ejemplo, en cuanto al arco románico, daba un mes para presentar un «proyecto suscrito por técnico competente (restaurador) para la recuperación y consolidación de la portada». Plazos que el Ayuntamiento ignoró, lo que, cuatro meses después, forzó a Patrimonio a amenazar al Consistorio con la imposición de multas coercitivas que po
drían ser «reiteradas las veces que sean necesarias hasta el completo cumplimento del requerimiento». Cuatro advertencias en cuatro años. Y ante las admoniciones, silencio, insumisión y desprecio hacia el patrimonio histórico, natural y sentimental de la ciudadanía ovetense, cuando es precisamente la administración la que debe ser ejemplar en el cumplimento estricto de sus obligaciones legales.
Las cosas no deberían ser así. El Ayuntamiento debería velar por el Campo y, en el caso que nos ocupa, por una portada románica casi milenaria y hoy, lamentablemente, escenario de botellones en de
terminadas fiestas y urinario ocasional.
Pero para llegar hasta hoy hubo un ayer. La historia de la antigua iglesia de San Isidoro y la de su derribo, por más que interesante, la dejaremos para otra ocasión. Hay que remontarse a la decisión del Ayuntamiento de ceder la iglesia a la cooperativa de obreros para que la derribasen y se quedasen con la piedra. Pero, tal como recoge Ana Herrero en un magnífico artículo en la revista ‘Liño’, el entonces presidente del Centro de Estudios Asturianos, el imprescindible Aurelio de Llano y Roza Ampudia, pasó por las obras y al ver el arco aún en pie y tras reunirse el Centro de Estudios, decidieron adquirirlo en 700 pesetas. Dinero de su propio pecunio. Merece la pena resaltar quien ostentaba la presidencia de honor y la secretaría: Fermín Canella y Leopoldo Alas Argüelles. La condición impuesta por el CEA al Ayuntamiento para el regalo del arco era una: que se pusiera una piedra en la que constara que había sido donado por el Centro. Por otra parte, se solicitaba la colocación en el arco de su historial y que se hicieran unos caminos para poder acercarse a los capiteles «y si no los hacen los hará el público». El alcalde, Fernández Ladreda, les sugirió que fueran ellos los que eligiesen el emplazamiento. Y así lo hicieron.
Como dijimos, el arco fue escenario de dolorosos sucesos en la contienda civil por lo que sufrió numerosos desperfectos. Esos daños y la hiedra que lo invadía presagiaban un estado de «ruina inminente» lo que motivó al Ayuntamiento a encargar una restauración en 1948 por un importe de 4.900 pesetas. El trabajo se completó un 4 de octubre de 1949, festividad de San Francisco de Asís. En eses momento se coloca una imagen del «poverello» de Asís, encargada al escultor Enrique del Fresno Guisasola cumpliendo una moción presentada por el concejal Julio Vallaure aprobada el 28 de abril de aquel año. Percibe por su trabajo 7.500 pesetas. La estatua es réplica de la de San Francisco de Pedro de Mena conservada en la Catedral de Toledo. En su pedestal se lee: «A la memoria de San Francisco de Asís que peregrinó en ésta camino de Santiago inspiró a su compañero el Beato Fray Pedro Compadre la fundación del desaparecido convento de menores, cuya huerta fue llamada siempre Campo de San Francisco y es el único vestigio de esta antigua fundación en la noble ciudad de Oviedo. IV-XMCMXLIX». La presencia de la estatua motivaba la confusión, en numerosas ocasiones, de que el arco procedía del antiguo convento de San Francisco por lo que, en los años 80, se decidió trasladar la estatua a su emplazamiento actual.
Qué mejor regalo para su centenario que una adecuada y profesional restauración a fondo, más allá de un sutil lavado, para devolver su esplendor a este testigo privilegiado del propio devenir de varias generaciones de ovetenses. Bien lo merece.

