Marisa Ponga. Concejala del Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Oviedo/Uviéu

Escribo esta tribuna para trasladar una reflexión sobre cómo se están llevando a cabo las políticas de igualdad en nuestro municipio.
Situémonos. Oviedo cuenta con una mayoría absoluta del Partido Popular, y el alcalde no se ha destacado precisamente por mantener posiciones públicas y actitudes alineadas con lo que significa la igualdad real entre mujeres y hombres. Más bien al contrario.
El Partido Popular ha alcanzado un pacto político con Izquierda Unida-Iniciativa por Oviedo que recoge un amplio abanico de áreas básicas en las que esta última formación quiere influir. Se habla de vivienda, de juventud, de festejos, de La Vega… y, cuando se abordan las políticas sociales, sale a colación “un plan de igualdad”.
Ese es el contexto: el pacto también incluye un plan de igualdad.
Ese punto de partida es, desde nuestro punto de vista, un error. Porque no estamos hablando solo de un documento técnico más, ni puede tratarse como una cláusula añadida a un pacto político sin mayores matices. Se trata de una herramienta política de primer orden, destinada a corregir desigualdades estructurales que afectan a la mitad de la población de nuestro municipio. Por eso, no puede abordarse desde cierta banalización ni como un mero intercambio partidista.
Y, lo que es más importante, no puede plantearse, como se ha hecho, al margen de las mujeres.
La situación es preocupante: mientras se anuncia un nuevo Plan de Igualdad acordado entre el Partido Popular e Izquierda Unida, el alcalde de la ciudad reitera conductas y declaraciones machistas que no han tenido ninguna consecuencia política. Esta contradicción no es menor. No se puede liderar una institución que dice comprometerse con la igualdad mientras se deslegitima con los hechos aquello que se firma con la mano.
La igualdad no se proclama: se ejerce. Y el liderazgo institucional importa. Mucho. Porque define el marco simbólico, político y ético desde el que se desarrollan las políticas públicas. Cuando desde la máxima responsabilidad municipal se normalizan actitudes machistas, cualquier Plan de Igualdad nace debilitado, condicionado y, en gran medida, desactivado.
Pero no es menos inquietante comprobar cómo la igualdad se integra en determinados pactos políticos como una reivindicación añadida, equiparada a una mejora urbana o a una actuación puntual. De alguna manera, se traslada que, en ese pacto vigente, los derechos de las mujeres son negociables. No lo son.
La igualdad entre mujeres y hombres no es una concesión, ni un gesto, ni un elemento decorativo de la acción de gobierno. Es un principio democrático básico. Cuando se diluye en la lógica del reparto y del equilibrio político, pierde su capacidad transformadora y se convierte en mera gestión administrativa sin ambición.
Desde el Partido Socialista defendemos que un Plan de Igualdad solo tiene sentido si cuenta con coherencia política, liderazgo responsable, recursos suficientes y mecanismos reales de evaluación y control. Y, sobre todo, si es capaz de señalar y corregir las incoherencias institucionales, vengan de donde vengan. También de la Alcaldía.
Oviedo necesita políticas de igualdad que interpelen al poder, no que lo blanqueen. Necesita valentía política para reconocer que el machismo no es una anécdota ni un error de comunicación, sino un problema estructural que exige compromiso, ejemplaridad y responsabilidad.
La igualdad no puede ser una muesca más en la culata de la negociación política. Es una línea roja democrática.
Los consensos y los pactos en política son positivos, no hay duda. Pero defender la igualdad entre mujeres y hombres en Oviedo, al abordar un futuro plan de igualdad, debería hacerse siempre desde un proceso participativo sólido, al margen de intereses coyunturales y, sobre todo, sin caer en la tentación de decidir por las mujeres sin las mujeres.