Juan Álvarez Areces

“Regeneración”, “revitalización”, “coser heridas”, “micrologística”, “carsharing”, “aparcamiento disuasorio” … Palabras con las que, en toda Europa, se está construyendo una nueva movilidad: más amable, más limpia, más sensata. Una movilidad que prioriza al peatón, que limita al mínimo el uso del coche privado, que nos acerca a una ciudad más habitable. Sin embargo, en Oviedo, esas mismas palabras están siendo utilizadas para justificar justo lo contrario: la construcción de un aparcamiento en El Campillín, en pleno borde del casco histórico.
Cuesta imaginar una idea más contradictoria con la filosofía que inspira la Zona de Bajas Emisiones o con cualquier intento mínimamente serio de fomentar la movilidad sostenible. Porque lo que nos presentan como un “aparcamiento disuasorio” es, en realidad, un imán para atraer vehículos justo hasta donde no deberían llegar. Si eso es disuadir, también lo es dejar un terrón de azúcar en la mesa para evitar que vengan las hormigas.
Los dos proyectos estrella que propone el alcalde Canteli en materia de movilidad tienen un denominador común: meter más coches en el centro. En lugar de facilitar que la ciudad se adapte a las personas, se facilita que el coche siga siendo el protagonista. En vez de transitar hacia una movilidad más justa, equitativa y racional, se opta por el atajo de siempre: contentar a quien viene en coche, aunque eso suponga incomodar a quienes viven aquí todo el año.
Y no es solo un problema de movilidad. El aparcamiento de El Campillín encierra un propósito aún más preocupante: acelerar el proceso de gentrificación del Antiguo. Convertir el barrio en un escaparate para el turismo, bonito por fuera y vacío por dentro. Cada plaza de aparcamiento es un guiño a las viviendas de uso turístico, que proliferan sin control mientras los vecinos de toda la vida van desapareciendo. El comercio local se diluye, y la vida cotidiana da paso al consumo exprés de franquicias en las que el turista se sienta, literalmente, como en casa. Pronto será más fácil encontrar una sopa ramen y poke bowls que una barra de pan y un par de lechugas.
El concejal Ignacio Cuesta ha vinculado este proyecto a actuaciones en superficie que, en sí mismas, podrían ser positivas. Pero se nos presentan como inseparables del aparcamiento, como si las mejoras en superficie necesitaran excavar otro agujero para coches. Pues no. Esas mejoras pueden y deben hacerse, pero sin hipotecar el barrio ni disfrazar de “sostenible” lo que no lo es.
La realidad es que el Antiguo no necesita más plazas de aparcamiento. Necesita inversiones que lo fortalezcan como barrio vivo, no como plató turístico. Necesita vivienda accesible, apoyo al pequeño comercio, infraestructuras pensadas para quienes están, no solo para quienes vienen. Y, sobre todo, necesita coherencia entre el discurso y los hechos.