Por Juan Álvarez Areces
Hay partidos que hablan constantemente de sí mismos y partidos que hablan de su ciudad. La diferencia parece sutil, pero suele marcar la distancia entre quienes aspiran a gestionar una organización y quienes aspiran a gobernar.
La historia del PSOE de Oviedo parece moverse, una y otra vez, sobre esa misma contradicción. Cada vez que surge la posibilidad de construir un proyecto socialista profundamente ovetense, con identidad propia y reconocible, las dinámicas internas terminan desplazando el debate hacia el partido. Y cuando el PSOE deja de hablar de Oviedo para hablar de sí mismo, Oviedo deja de escucharlo.
No es una historia nueva.
Hace más de cuarenta años Antonio Masip comprendió algo que sigue siendo extraordinariamente vigente: el PSOE solo podía gobernar Oviedo si se parecía a la ciudad. No renunció a sus principios, sino que los tradujo al lenguaje de los ovetenses. Su éxito consistió en construir una mayoría social que se reconocía en un proyecto moderno, ambicioso y profundamente municipalista, capaz de transformar la ciudad a través de sus parques, la cultura, sus fiestas, los servicios públicos, las políticas sociales o la recuperación del espacio urbano.
Con el paso de los años aquel modelo fue perdiéndose. El socialismo ovetense fue encerrándose cada vez más en sus debates internos, mientras el Partido Popular construía una ciudad a su imagen y semejanza y consolidaba una hegemonía política que ya dura décadas.
Sin embargo, durante el mandato que ahora termina parecía haberse abierto una oportunidad distinta.
Bajo el liderazgo de Carlos Fernández Llaneza, el Grupo Municipal Socialista ha conseguido algo que el PSOE llevaba demasiado tiempo sin lograr: tener un proyecto de ciudad reconocible. Puede discutirse cada propuesta e identificar muchos errores, pero difícilmente puede sostenerse que el PSOE carecía de ideas sobre el futuro de Oviedo.
Las tenía. Y además eran identificables.
En vivienda defendemos una política orientada a aumentar la oferta de alquiler asequible, movilizar vivienda vacía, luchar contra la gentrificación, declarar zonas tensionadas y afrontar el impacto de los pisos turísticos.
En movilidad elaboramos un discurso alternativo al del gobierno municipal, cuestionando una Zona de Bajas Emisiones concebida más como un trámite administrativo que como una auténtica política ambiental, defendiendo un transporte público más eficiente, una red ciclista coherente y rechazando que la Ronda Norte siga siendo la respuesta para la movilidad del siglo XXI, una especie de bálsamo de Fierabrás que parece impedir cualquier debate serio sobre las alternativas de movilidad que la ciudad necesita.
En urbanismo hemos situado sobre la mesa el debate sobre el modelo de ciudad: La Vega como la gran oportunidad de regeneración urbana de las próximas décadas; la defensa del patrimonio de la Fábrica de Gas frente a la demolición de elementos tan simbólicos como su marquesina; la propuesta de un gran parque periurbano en el este; las aportaciones al nuevo Plan General o la apuesta por una ciudad más verde y habitable formaban parte de un mismo relato.
También en medio ambiente y calidad del aire el PSOE sostiene posiciones propias, muchas veces incómodas, frente a proyectos que consideramos incompatibles con el modelo de ciudad que defendemos.
El tiempo, además, ha terminado dando la razón a muchas de esas propuestas. En más de una ocasión el Partido Popular ha acabado asumiendo planteamientos que antes rechazaba, aunque sin reconocerlo. Alfredo Canteli nunca se ha distinguido por admitir los aciertos de la oposición. Probablemente ningún ejemplo simboliza mejor esa capacidad para anticiparse que la candidatura de Oviedo a Capital Europea de la Cultura. Cuando el Grupo Municipal Socialista lanzó esa propuesta fue recibida con escepticismo. Hoy nadie discute que constituye uno de los grandes objetivos estratégicos de la ciudad. No ocurre con frecuencia que una idea nacida en la oposición termine siendo asumida como proyecto colectivo.
Todo ello configuraba algo más importante que un programa electoral. Configuraba una identidad política.
Un PSOE reconocible.
Un PSOE que habla de la vivienda, del patrimonio industrial, de la movilidad, del urbanismo, de la cultura y de las políticas sociales antes que de sí mismo.
Por eso las recientes primarias tienen una trascendencia que va mucho más allá del relevo de un candidato. Para muchos militantes, simpatizantes y votantes lo que está en juego es que vuelva a interrumpirse la construcción de ese proyecto municipal propio, igual que hace décadas terminó frustrándose aquel socialismo que Antonio Masip había logrado convertir en mayoritario.
Las comparaciones personales serían injustas. Ni las circunstancias son las mismas ni los protagonistas son comparables. Pero sí existe un paralelismo político: el PSOE en este mandato ha sido capaz de parecerse a Oviedo.
Ahora comienza una nueva etapa encabezada por Sergio Llera. Sus 26 años, exactamente la mitad de mi vida, constituyen, sin duda, un activo. En un tiempo en el que la política corre el riesgo de repetir fórmulas gastadas, la juventud tiene una virtud evidente: no huele a alcanfor.
Pero la renovación generacional, por sí sola, nunca ha bastado para ganar unas elecciones.
Su verdadero desafío no será demostrar que sabe defender al partido, algo que se le presupone, sino asumir ese proyecto, ampliarlo, enriquecerlo y conseguir que el PSOE vuelva a parecerse, cada día un poco más, a Oviedo.
Todos los socialistas queremos preservar nuestros valores. Pero las ideas no están llamadas a conservarse como un tesoro encerrado en un tarro de cristal en la Casa del Pueblo. Las esencias socialistas no existen para ser contempladas; existen para transformar la realidad.
Deben salir a la calle, perfumar la ciudad y terminar confundiéndose con ella.
Porque el PSOE solo volverá a gobernar Oviedo cuando consiga que esas esencias se reconozcan en cada barrio, en cada proyecto y en cada debate sobre el futuro de la ciudad.
En definitiva, cuando vuelva a parecerse a Oviedo.
